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CasaTierra, 2015.    Vidrio soplado, hierro. 24 x 23 x 18 cm c/u (38 piezas)

​CasaTierra surge en 2015 de una intuición previa y arraigada: el hogar no es un lugar fijo sino una condición relacional. No es únicamente una arquitectura ni una propiedad, sino el conjunto de vínculos, afectos, acciones y temporalidades que hacen posible experimentar pertenencia en el mundo. En ese sentido, el hogar ocurre, es verbo antes que sustantivo.  

 

Esta idea desplaza la noción tradicional de habitar y la expande hacia una comprensión ecológica y plural de la existencia; si el hogar sucede allí donde se sostienen relaciones de cuidado, memoria y coexistencia, entonces la Tierra misma puede entenderse como el único hogar compartido posible, un sistema vivo, frágil e interdependiente que excede cualquier frontera humana.

Desde esa perspectiva, CasaTierra se conecta profundamente con reflexiones contemporáneas sobre territorio, naturaleza y convivencia en Colombia. Se parte del reconocimiento de que habitamos un territorio extraordinariamente biodiverso y complejo, atravesado al mismo tiempo por violencias históricas, disputas ambientales y múltiples formas de coexistencia entre mundos humanos y no humanos. La naturaleza deja entonces de ser un “paisaje” externo para convertirse en una trama activa de relaciones que condiciona la manera en que vivimos, sentimos y organizamos la sociedad. 

 

CasaTierra se aproxima a la idea de que existen múltiples maneras de habitar y comprender el mundo, y que lo humano no ocupa necesariamente el centro de esas configuraciones. La obra también dialoga con perspectivas que entienden el territorio como una red de subjetividades, memorias y ecologías relacionales, no como una superficie explotable. 

 

Habitar implica negociar constantemente con otras formas de vida, con temporalidades geológicas, sistemas hídricos, climas, especies y materialidades que participan también en la construcción del hogar. Por eso, en CasaTierra el hogar aparece como una experiencia dinámica y colectiva más que como un refugio individual. El “calor” del hogar no proviene únicamente de la intimidad doméstica, sino de la posibilidad de sostener relaciones de continuidad con el entorno. El hogar sucede cuando existe reciprocidad entre cuerpos, territorios y ecosistemas; cuando las relaciones permiten arraigo sin dominación.

La obra también introduce una dimensión política importante: si el hogar es relacional y plural, su destrucción no ocurre solamente mediante la pérdida física de una casa, sino también a través de la fragmentación ambiental, el despojo territorial, la ruptura de vínculos comunitarios o la degradación de los ecosistemas que sostienen la vida. En este sentido, CasaTierra propone pensar la crisis ecológica como una crisis del habitar, e invita la pregunta: ¿qué formas de sensibilidad serían necesarias para volver a sentir la Tierra como hogar común?​​

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¨Siempre he pensado que el hogar sucede en la parte más caliente de la casa, y saber que el hogar sucede ubica su noción como verbo. El hogar definitivamente no es un sustantivo. No es la casa ni el apartamento, es mucho más que eso.

Siendo un verbo, el hogar implica necesariamente al tiempo. Es mucho más que un instante; no es cosa efímera. El hogar sucede en una serie de acciones y relaciones sostenidas en el tiempo que nos llevan a experimentar familiaridad con el espacio. Por eso, el hogar es más plural que singular.

Si el hogar tuviera que ubicarse, su lugar sería cualquiera donde estemos y donde hagamos; donde ocurran las acciones y las relaciones, donde podamos dejar rastros. Si el hogar fuera singular, no habría en quién dejar huella, ni quién pudiera descubrirla, seguirla, borrarla, recogerla o sufrirla.

 

Una casa de vidrio reciclado es una manera de referirme a la Tierra como el único hogar posible para el hombre: verbo y plural.¨.

B.B, 2015​

Crédito imagen: CSU/CIRA and NOAA.NASA Scientific Visualization Studio. A. Gurvich y R.Boller (NASA/GSFC)

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